Sacar dinero en el extranjero: tarjeta Caixanova NX
ATM de megawatts86
Para disposiciones puntuales no es necesario calentarse la cabeza, pero si vas a pasar una temporada en el extranjero, quizás valga la pena buscar una alternativa.
Para largas estancias, lo más cómodo es abrir una cuenta en el país de destino y domiciliar ahí tu nómina. Esto es lo que hice en Suecia: abrí una cuenta en el banco escandinavo (SEB) y por una cuota de 1€, tenía una tarjeta Maestro para disponer gratuitamente de coronas suecas en cualquier cajero. El problema era que mensualmente tenía que realizar una transferencia desde España a la cuenta sueca, por la que también me cobraban comisión.
Un compañero me recomendó la tarjeta NX de Caixanova (ahora Novagalicia Banco). No tiene gastos de mantenimiento y permite hasta tres disposiciones gratuitas en el extranjero (la cuarta y siguientes tienen un importe de 1€).
Esta mañana me he acercado a una sucursal para darme de alta. La sorpresa ha sido que, ya que la cuenta no tiene ningún mantenimiento ni comisión - palabras de la cajera -, el banco obliga a la contratación de un seguro de vida que, en mi caso, serían unos 25€ anuales (sólo obligatorios la primera vez). De acuerdo con varios foros de viajeros/Erasmus, se trata de una política nueva fruto de la fusión con Caixa Galicia.
Hemos quedado en que me llamaría para recoger la tarjeta y firmar la documentación. Si la broma se queda en 25€, sigue siendo producto interesante. Si no... habrá que buscar alguna alternativa.
Actualización 18/01/2012: He recogido la tarjeta y el precio del seguro es de 19,68€, importe que se descuenta al hacer el primer ingreso y activar la cuenta.
Una semana
Una semana antes de marchar empecé a escribir…
Vengo de la oficina internacional, de arreglar los últimos papeles. La aventura llega a su fin. Joder, qué de puta madre nos lo hemos pasado, ¿que no? Pero todo se acaba y hay que seguir la dirección del viento.
El apartamento está en pleno proceso de desertización: los muebles, el armario, la nevera... y la maleta abierta junto a mí. La misma maleta de la que hace cinco meses asomaba un calcetín.
Pero con lo ajetreados que han sido estos últimos días no pude acabar. Ahora la maleta está en Barcelona y mi habitación parece una leonera, pero no quiero ponerme a desempaquetar. No aún.
No sé si ha sido, si está siendo, la mejor época de mi vida pero mucho tiene que mejorar la cosa para que diga lo contrario.
Me preguntasteis que qué le contaré a mis hijos, a mis nietos sobre el Erasmus y me doy cuenta que seré un coñazo, que tenemos historias para aburrir. Les contaré que por aquel entonces bebíamos ositos: una cerveza que causaba borracheras violentas y destrozos por doquier. Que dormí poco y estudié menos. Que hicimos volar el mobiliario de Javi por la ventana, para después tenerlo que reponer. Que mis vecinos no me aguantaban. Les contaré la bonita sensación al despertar después de una fiesta, con el piso lleno de mierda pensando: ¿Qué será hoy? ¿Una polla gigante dibujada en la puerta del baño? ¿La pared llena de huellas?
Que aún no sé como conseguimos meternos Edu, Javi y yo en la misma cama para intentar dormir diez minutos antes de marchar, mientras alguien echaba una cabezada en la ducha, guardando a buen recaudo mi guitarra, a dos mil setecientos quilómetros de aquí.
Les contaré que Dani y Alex protagonizaron una despedida digna de película. Que yo perdí la cabeza. Que Nagore fue mi dama de honor.
Y podría seguir, pero el resto lo guardo para mí. Gracias por todo. Nos veremos pronto. Estoy seguro.
Con los huevos congelados
El apartamento está lleno de mierda: platos sucios en la pila, condones usados por el suelo y una cafetera con posos verdes de café. Hogar, dulce hogar. Eso sí, calentito está: me dejé la calefacción encendida (por despiste, pero menos mal).
Tras pasar por el super para comprar cuatro cosas y comprobar que esto es Siberia, sigo pensando que este país no debería existir. Dime tres cosas que molen de Suecia. Va, con dos me vale. ¿No? Exacto, sólo hay una puta cosa que mole de Suecia: las suecas. A mí no me parece suficiente razón para que un país exista y menos para que pertenezca a la Unión Europea. Sin Suecia nos habríamos ahorrado ABBA y no tendríamos a Nina tocando los cojones por todos los teatros de España.
Ahora mismo estoy en la biblioteca recuperándome de un principio de congelación. El bus se ha estropeado y me ha tocado ir caminando hasta la biblioteca. Y os preguntaréis: ¿qué hace el yonki este de mierda yendo a la biblioteca un sábado a las nueve y media de la mañana? Pues estoy en la biblioteca porque en mi apartamento no tengo Internet. En el puto polo norte y sin conexión con el resto del mundo. Mola.
Aún no oigo voces.
Con la lengua fuera
Sentado en el tren, en unas tres horas llegaré a Karlstad. Mientras escribo intento recuperar el aliento y mantener el bocadillo de tortilla, que mi santa madre me ha preparado, inside me. La puta maleta ha tenido que salir la última en la cinta del aeropuerto por lo que he perdido el tren a pesar de haber corrido como un desgraciado. El siguiente salía a las 15.05, mi tren a Karlstad a las 15.30 y el trayecto Arlanda – Estocolmo son unos veinte minutos.
Total, que he llegado a Estocolmo a las 15.28, detrás de la puerta esperando a que se abriera como el que espera el tiro de salida de la maratón de Nueva York, sorteando a los pasajeros como buenamente podía, intentando localizar mi puto andén y cagándome en san pito pato.
Pero lo he conseguido. ¡Ja! ¿Quién manda ahora, eh?
Y aquí estamos de nuevo, camino al puto pueblo de mierda, donde están sufriendo una ola de calor (a –16 ºC), y ya no sin ti, que es una mierda, sin ti y sin nadie, porque hasta la semana que viene no aparecerá ni Rita the singer.
¿Habéis visto el resplandor? Si no muero por congelación o se me va la olla y empiezo a ver a hermanas gemelas y ascensores llenos de sangre, seguiremos retransmitiendo.
Viaje a Kiruna
El comando albóndiga se disuelve por un periodo indefinido (si a alguien se le está pasando por la cabeza lo de si bueno y breve, dos veces bueno, que se abstenga de decirlo en voz alta, no se me vaya a escapar un puñetazo…), así que, como la ocasión lo merece, nos vamos a Estocolmo a derrapar hasta que el cuerpo/dinero/local aguante, para a la mañana siguiente coger un avión destino a la puta Laponia. Broche de oro a estas vacaciones que son el irse de Erasmus.
Va, menos melodrama y los datos (si es que a alguien le interesa).
- Información turística sobre Kiruna: http://www.lappland.se/
- Transporte
- Karlstad – Estocolmo: Swebus Express. Sólo ida 16 €
- Estocolmo – Kiruna: Norwegian. Ida y vuelta 92 €
- Estocolmo – Karlstad: SJ. Intercity 30 € (aquí es donde nos pegaron el palo, porque con antelación no es dificil viajar a Estocolmo por 10 €)
- Arlanda Express (Estocolmo – Arlanda, aeropuerto), también con SJ. 24 € (12 € cada trayecto).
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- Alojamiento
- Hotel Kiruna: Rallaren. Entre 50 € y 60 € (noche), dependiendo de los que seáis.
- Albergue Kiruna: Vandrarhem. 20 € (noche)
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Como lo reservamos sin mucha antelación, pasamos una noche de hotel y otra en albergue.
- Actividades. Aunque no llevamos ninguna actividad contratada, la mayoría sale entre 60 € y 80 €. Paseo en moto de nieve, trineo con perros…
Al final resulta que vamos a coincidir con el viaje organizado de la universidad, eso sí, ellos se meten 20 horas de autobús entre pecho y espalda y nosotros volamos como señores. Ya sabéis, siempre hubo clases y clases…
El próximo comunicado será a la vuelta, espero que con alguna foto en condiciones. Mientras, disfrutad del vídeo de los de National Geographic:
Viaje Oslo – Bergen
See ya
Recuerdo a mi padre despidiéndose del trasto de hija de una familia que habíamos conocido de vacaciones y nos cogió cariño: “Aunque crezcas, para mí siempre tendrás siete años”.
Porque es lo que pasa en los hasta nunca y en los hasta siempre. Se nos congela un último fotograma en la retina y embalsamamos los recuerdos con una bolsita de alcanfor contra las polillas.
Brad acaba de salir por la puerta. Le han repetido hasta la saciedad que era una pena que se fuera. Y él, una tras otra contestaba lo mismo: este día tenía que llegar, antes o después. Y tiene razón. La vida va hacia delante. Hacia atrás ni para tomar impulso, dijo el sabio.
Pues eso, que fue divertido mientras duró. Suerte.
Oslo – Bergen (I)
Si eres capaz de cambiar el pretérito imperfecto por el presente más simple a la hora de captar los instantes de felicidad, habrás ganado la partida. No hablo de carpe diem ni de toda esa mierda. Hablo de darte cuenta de que las cosas van bien cuando las cosas van bien, de no dejarlo para cuando las cosas vayan mal.
Estuve en Oslo y en Bergen.
Síndrome del Erasmus
Cuando vives a dos mil setecientos quilómetros de tu realidad es difícil, muy difícil, tener presente tu vida anterior. Tus amigos de toda la vida ahora tienen otras caras. También tus compañeros de clase. Incluso aquella tipa por la que perdías el culo: resulta que ya no es catalana si no de un país que hasta hace tres días no hubieras sabido ubicar en un mapamundi. El único vínculo que resta son tus padres, que un par de veces a la semana pasan revista, preocupándose por tu estado financiero, si comes bien, si bebes mucho.
Es de cabrón y de hijoputa egoísta, lo sé, pero esto pasa una vez en la vida. No es que no me acuerde de mi mundo, es que me olvido de acordarme. En mi defensa sólo puedo alegar que no es premeditado, así que congelad mi imagen en vuestro televisor hasta el regreso. I’ll be back, I promise.
+ 1
Hoy hace un mes que llegué. Fumo como nunca y bebo como siempre, aunque peor material. Esto no es como lo anuncian: follar… se folla poco, se derrapa poco y mal, y el tiempo no acompaña.
Y aún así no lo cambio.
Estuve en Estocolmo y pesqué a unas teenagers tirándole los trastos a un soldado con cara de retarded. Supongo que el resto oculta su intelecto tras la boina.
- Oiga, que soy policía!
- Pues haber estudiado, coño.
Ah! Estocolmo no es pa’ tanto…
El mercadillo de Filipstad
Suecia es un país freak. Pero freak de cojones. Este fin de semana se celebra el mercado anual de Filipstad, el más grande de Suecia. Está a unos 60 kilómetros de Karlstad y, a pesar de la resaca (ayer acabé ravando, poca broma), nos hemos acercado a dar una vuelta. Hay un autobús que lleva a Filipstad pero Michael, un alemán bastante jefe, nos ha acercado en coche.
Me hubiera gustado ver la cara de los demás al bajar del autobús, después de una hora de trayecto y contemplar la pedazo de mierda que tenían allí montada. El punto fuerte del mercadillo eran los calcetines, las camisetas de fútbol de imitación barata y los caramelos.
Uno espera encontrarse un mercado tipo Portobello, con artesanía, trastos viejos, comida… pues no: calcetines. Puestos y más puestos de putos calcetines marca “Sport”.
Sólo un puesto valía la pena, con discos antiguos de Pink Floyd y los Stones.
Capítulo 3
En Suecia son gilipollas. Raros y gilipollas. Empiezan la universidad en agosto, pero la jornada es de unas dos horas al día. A este ritmo tardan seis meses en hacer la misma cantidad de asignaturas que en Barcelona hacemos en un trimestre. No entiendo por qué tienen este horario.
Lo peor es que lo venden como un 100% de carga lectiva, es decir, no puedes tomar más cursos porque es muy difícil cuadrar los horarios.
Por otro lado, comen a las doce, cenan a las siete, es casi imposible comprar nada después de las seis de la tarde y las discotecas cierran a las dos.
Así que si no están en la universidad, ni en el trabajo, ni de marcha… ¿Dónde coño se meten los suecos el resto del día? ¿Zumbando con la suecas? ¿Disfrutando de La Liga? Who knows…
A todo esto, hemos recibido una advertencia: a los alumnos de primero, y en concreto a las alumnas, les tienen prohibido salir durante las dos primeras semanas de curso. Llegan inocentes e ilusas de la highschool y en la primera fiesta de curso se las pasan por la piedra media facultad. Por mi parte, voy entrenando el inglés: Darling, I’m going to put you looking to Cuenca.
Capítulo 1
Tuve que pestañear dos veces para darme cuenta que esta no era mi habitación. Comí algo de lo que María me había dejado y salí de casa sin plan. Acabé en el centro, comprando comida y comprobando lo caro que es el alcohol en este puto país: aproximadamente el doble que en España.
Compré comida de supervivencia y un pack de cervezas Heineken de 3,5% de alcohol (lo más que puedes conseguir en un supermercado). Si quieres bebidas con más alcohol tienes que ir a unas tiendas llamadas System Bolaget, algo así como la “tienda del sistema”.
Con un par de bolsas en cada mano llegué a mi apartamento. Allí estaba Brad, mi compañero de piso, con su host student: Tobias. ¿Vives en el G? Sí. Ostia, yo también. Encantado de conocerte.
Brad es de los states, de Pensilvania. Tiene un bigote que le cae hasta la barbilla y conduce una camioneta. Sabe hacer virguerías con los esquís y no le dejaron empaquetar su skate en el avión. Un puto.
…
Capítulo 0,75
Es fácil reconocerme: el tío de la guitarra. Frida se acerca haciendo aspavientos. ¿Guillermo? El mismo. María y Frida son mis host students, han venido a recogerme en coche y me acercan al Campus. Frida se queda en el camino, al día siguiente trabaja, pero María me acompaña hasta el apartamento. Sus padres son argentinos y su español perfecto. Una sueca hablando castellano con acento argentino. El mundo es raro.
Nos tiramos media hora buscando el apartamento: 5G. En las puertas sólo está la letra del apartamento y hay como diez bloques de pisos. Al fin damos con el. María se despide y me deja una bolsa con algo de comida para el desayuno, el contrato y las llaves. Me tumbo en la cama y me quedo mirando el techo. Casa. Al menos por seis meses.
Salgo afuera, me siento en la escalera y enciendo un cigarrillo. Son las 3 y media de la mañana. El viento mece los arboles y el cielo está iluminado como si el sol fuera a despuntar en cualquier momento. Tal vez no tarda mucho en hacerlo por aquí.
Capítulo 0,5
Tomé asiento. 1 klass. Asientos inmensos e Internet a bordo. Aproveché para contestar algunos correos, perder el tiempo en Facebook y mirar un par de videos de Berto. Después de esperar tres horas entre suecos solitarios y algún borracho, sólo iba a disfrutar 50 minutos de estos privilegios.
Next stop: Örebro C. – Avisa la megafonía. Mi parada.
Son las 12 y el autobús no llega hasta la 1.05. Otra hora más de espera. Fumo. Leo. Escucho 1999. Fumo. Leo. Escucho 1999. Fu…
888 Oslo, éste es el mío. Subo y el conductor me dice algo en sueco. ¿Sorry? Oh... nothing. Todos los sitios ocupados, algunos por los pies del de al lado que duerme. Estoy tan cansado que sólo quiero llegar. Me siento en la escalera e intento pegar una cabezada.
Una mano me toca el hombro. Ei, ¿qué haces ahí? Levanto la cabeza y un chaval indú me señala un sitio libre. Sin pies.
Me explica que va a Oslo y que había estado un par de semanas en España. ¿Barcelona? ¿Madrid? ¿Valencia? Mmm di esta última otra vez. ¿Valencia? Sí, creo que estuve en Valencia. El autobús llega a Karlstad y nos despedimos.
···
Suplemento: Por la compra del post de hoy, esta canción de regalo:
Capítulo 0
Aterricé en Västeras pensando en los huecos que había dejado atrás. En el armario. En la gente. El avión tocó suelo y yo aún no era consciente de dónde me encontraba. Sonó la trompeta de Ryanair. Fuera llovía como sólo en estos sitios sabe llover, de forma continua y sosegada, retando a que te quedes bajo el agua: si no moja…
Con la guitarra empapada y mi vida en 33 kg tomé un taxi rumbo a la estación de tren.
- A Centralstation. – El taxista me preguntó algo sobre si tomaba el bus o el tren con un inglés de pakistan que no descifré.
- De tren, de tren.
Pagué y me quedé mirando el cambio, sospechando que me acababan de timar.
Y llegó el día
La maleta abierta detrás. Asoma un calcetín, el cuello de un polo rosa y el miedo a cerrarla. Miedo a cerrarla y a ponerle punto y aparte(?) a Barcelona. Sin público y con red me ha entrado el miedo. Miedo escénico. Miedo a este pequeño salto mortal.
Dejo esto sonando: A hit in Sweden. Nos vemos al otro lado.